Me satisface ver cuánta alegría y unión tenemos cuando hablamos de fútbol, especialmente, cuando nuestro equipo marcha viento en popa. Pero, al mismo tiempo, me pregunto por  la razón de  que no podamos seguir con esa alegría y unión el resto del tiempo, cuando nos enfrentamos al día a día, cuando vamos por la calle, y parece que no existe más humano que nosotros mismos. Esa ignorancia hacia nuestros congéneres en el vivir diario, para algunos hasta sobrevivir a duras penas, en las ocasiones  en que lo único que tienen de especial es que es un regalo de la vida (para algunos ni eso). Con lo fácil que es sonreir, estrechar la mano, dar un abrazo,  decir unas palabras de amor... y lo que hacemos es vivir sin vivir. Así, como suena, vivir sin vivir. Ignorar al prójimo es absurdo. La convivencia tiene que ser algo más. Hacer un esfuerzo por la generosidad y la solidaridad hacia los demás seres vivos es una obligación moral. Nos lo debemos a nosotros mismos. Ahí queda.